domingo, 25 de enero de 2015

Flores de asfalto: La Salamandra - Escena 28


Escena 28, toma 1
Los minutos que pasamos a solas en aquella plaza fueron demasiado largos. Me quité la camiseta y la rompí para intentar vendarle las heridas a Lot. Su pierna seguía perdiendo líquido y parecía incapaz de hablar sin jadear o sin que su rostro se transfigurase en una mueca de dolor. Creí que era la jodida herida, pero no, debía ser otra cosa, porque seguramente él ni siquiera sentía la pierna.
A mi alrededor se sucedían fogonazos y destellos. Los awen cantaban y ahora su melodía se había vuelto distinta, más rotunda y poderosa. Era un grito de batalla. Los guardianes pasaban a mi lado a la carrera, sus espadas destellaban. Los disparos eran cada vez más potentes. Finalmente, sonó un trueno y todo pareció detenerse, al menos por el momento.
Yo no había visto nada, sólo a Lot apagarse poco a poco. En algún momento, más por instinto que por verdadero conocimiento de lo que hacía, me enchufé a él con los aguijones y empecé a traspasarle energía. Eso se me daba bien, era mi función original. A partir de ese momento empezó a recuperarse. Parpadeaba para mantenerse despierto y a veces murmuraba frases que yo no entendía. Eran frases absurdas e inconexas: se quejaba de los premiados en la ceremonia de los Oscar de aquel año, del precio de los discos de vinilo y del auge de las tiendas prêt-à-porter en detrimento de las sastrerías. Parecía un abuelo quejica. Al final, hasta me hizo sonreír.
—Eres un gruñón.
Le acaricié el pelo, presa de cierta somnolencia. La transfusión me estaba dejando agotado y sin energías para mí mismo.
—¿Sí? Bueno, ¿qué quieres que haga? Estoy intentando mantenerme despierto, y la mejor forma de mantenerme despierto cuando tengo sueño es follando o enfadándome.
—Si tienes sueño tal vez deberías dormir —propuse.
Lot me lanzó una de sus miradas de ultra-asco.
—¿Tú estás loco? ¿Es que no te han enseñado nada las películas de acción?
—¿Qué pasa ahora? —protesté.
—Siempre que a alguien le pegan un tiro, sus compinches le dicen que no se duerma, que se mantenga despierto. Si te duermes, te mueres.
—Es el puñetero cine, Lot. No es la vida real. No te vas a morir por dormirte, demonios.
—Ah, eso no puedes saberlo. ¿Acaso eres médico?
—¿Y tú? ¿Eres médico?  —espeté. Lot frunció el ceño y cerró la boca a regañadientes. Los ojos le brillaban, no parecía un moribundo. Si no fuera por aquel desconchón tan horrible en el esmalte… —. Pues cállate y guarda tus energías, o al final sí que acabaremos los dos fiambres.
Él iba a protestar de nuevo cuando unos pasos rápidos se aproximaron a nosotros: eran unas deportivas de color rosa, susurrando sobre las baldosas desgastadas. Ahí estaba Nun de regreso. Traía entre las manos dos tubos de cristal resplandecientes, como barras de uranio. Y al principio pensé que era algo así, pero en vez del brillo fluorescente de la radiación, tenían un resplandor pálido e irisado dentro.  
—¿Qué tal estáis, chicos? Liam ya me ha contado —resumió, acuclillándose junto a nosotros—. Ten, idiota.
Le tendió los dos tubos de vidrio a Lot, que los agarró con nerviosismo. Destapó el primero con los dientes y una nube de color dorado pálido brotó de su interior, como vapor espeso y denso, derramándose despacio. Los ojos de Lot resplandecieron con un poderoso fulgor anaranjado y el humo fluyó hacia él, filtrándose por su boca y sus fosas nasales como si fuera una bocanada de uno de sus cigarros con aroma a chocolate. Luego exhaló un suspiro de alivio y placer y se dejó caer en el abrigo que le hacía de almohada, como si de pronto estuviera muy, muy relajado.
Miré a Nun. Sabía lo que era eso, pero la interrogación en mi mirada tenía muchas más implicaciones.
Ella sonrió a medias.
—Nosotros también utilizamos el nefesch, pero no lo producimos del mismo modo que lo hace la Organización. No le arrancamos el alma a nadie ni la metemos en un generador. Esta energía espiritual se produce de forma natural a partir de las emociones de los seres humanos. Los ensalmadores la recolectan cuando se libera en el ambiente.
Parpadeé, intentando entender eso.
—Vale…
Ella rió, aunque yo no le veía la gracia. ¿Qué coño le pasaba a todo el mundo, cómo mantenían el sentido del humor en estas situaciones?
—Es como la diferencia entre la producción industrial y la ecológica. ¿Oíste hablar de eso en la ilusión? Ya sabes, granjas de gallinas donde todos los pobres animalitos estaban encerrados y eran obligados a poner huevos constantemente. Luego había otros lugares donde las gallinitas vivían en corrales —siguió explicando, con ojos brillantes y una voz un poco cursi, como si hubiera retrocedido a los diez años— y eran libres, y estaban súper felices. Comían maíz y sus dueños las querían. Allí ponían huevos también, pero muchos menos, claro. Aunque de mayor calidad.
—¿Me estás diciendo que este nefesch es como un huevo de gallina ecológica?
—Algo así.
—¿Y en serio es tan bueno? —inquirí con cierta glotonería.
Lot respondió por ella, mirándome con ojos embriagados.
—Por Dios, y tanto que lo es…
Luego entornó los párpados y se guardó el otro frasco en el bolsillo interior de su malograda chaqueta.
—Liam me ha llamado —interrumpió Nun—. Me ha dicho que tenemos que moverle a la parte de atrás. Ya tiene todo lo necesario.
Lot y yo nos miramos, luego la miramos a ella. Fui yo quien hizo la pregunta.
—¿Todo lo necesario para qué?
Nun se lamió los labios y luego los mordisqueó.
—Para arreglar esto. Venga, vamos.
Supe que nos estaba ocultando algo, pero no dije nada. Entre los dos, ayudamos a Lot a incorporarse. Él llevaba el bastón agarrado en una mano, con la otra se sostenía en mí. Rodeamos la catedral y llegamos a la parte de atrás, donde Liam nos aguardaba con un Chrysler de color negro con las puertas de atrás abiertas. Había colocado sábanas y toallas sobre los asientos, de modo que cuando dejamos ahí al maltrecho ilusionista la tapicería no sufrió ningún desperfecto. Me sorprendía la capacidad que tenía el Maestro Ilusionista para controlar hasta el menor detalle, pero al mismo tiempo me irritaba. Me daba la impresión de que era demasiado cerebral. Además, ahí estaba, serio y pálido pero sin dedicar siquiera una mirada a Lot. Nos ayudó a colocarle en los asientos de atrás y hasta le abrochó el cinturón de seguridad. Sus gestos hacia él eran cuidadosos y atentos pero esquivaba su mirada y no le dirigió la palabra.
—¿Dónde vamos? —pregunté.
—A casa —respondió él, ya de espaldas.
Se sentó en el asiento del conductor y yo corrí para subir al del copiloto. Nun nos dijo adiós con la mano, asegurándonos que tendría el móvil conectado y que ya se había encargado de que tuviéramos libre el camino. Yo me despedí de ella, sinceramente agradecido, y luego Liam arrancó. Abandonó la zona por uno de los túneles, que pertenecían al área peatonal y a través del cual, presuntamente, no podían circular los coches. Pero allí ya no había leyes ni control. Cuando salimos al otro lado, no estábamos al otro lado exactamente sino al oeste del barrio viejo.
El silencio en el interior del vehículo era tenso y tan espeso que casi parecía un jodido muro. Liam conducía con la vista fija al frente. Su semblante era por completo inexpresivo. En cuanto a Lot, miraba por la ventanilla con cara de fastidio.
—No entiendo a Nun —confesé en voz alta. Lo estaba pensando precisamente en ese momento y me pareció una buena forma de romper el hielo—. ¿Por qué nos ayuda? ¿Aún piensa que voy a prestarme voluntario para esos estúpidos experimentos de los Vigilantes?
Transcurrieron varios segundos sin que nadie dijera nada. Empecé a pensar en otro tema de conversación, pero entonces Lot respondió.
—No creo que sea por eso. No creo que los Vigilantes tengan idea de que ella nos está ayudando.
—¿No? Pero tienen que saberlo, de lo contrario no le habrían dado el nefesch.
—No creo que se lo hayan dado, Alexander.
Miré a Liam, algo confuso.
—Lo ha robado.
Abrí los ojos como platos y miré a uno y a otro.
—¿Le ha robado a los Vigilantes para nosotros? Joder, pues sí que es una buena amiga.
—Sí que lo es.
La respuesta de Lot me extrañó. A Liam también. Ambos le miramos a través del retrovisor y él nos devolvió la mirada, encogiéndose de hombros con indiferencia mientras se encendía un cigarro.
—¿Qué coño pasa?
No dijimos nada más hasta llegar a nuestro destino.

. . .

Escena 28, toma 2
Por alguna razón, yo había dado por sentado que cuando Liam dijo «a casa» nos dirigíamos a mi casa. Pero no fue así. Íbamos a casa de Lot. El Maestro Ilusionista detuvo el vehículo frente a la puerta y la abrió con su propia llave, desconectando la alarma al entrar. La casa estaba vacía y fresca. Olía a jazmín y cedro, seguramente a causa de algún ambientador natural. Ayudamos a salir a Lot y le dejamos sobre el sofá del salón.
—La tapicería… —se quejó él.
—Shhh, no te preocupes por eso ahora.
Por primera vez, Liam hablaba con Elliot. Les miré, con un nudo en la garganta. El maestro le estaba peinando con los dedos, arrodillado delante del sofá. Me alejé unos pasos y me asaltó la súbita necesidad de apartar la vista. Me sentía como una especie de intruso. Pero entonces, Lot empezó a murmurar a media voz. No escuché la primera parte, pero luego se quejó y negó con firmeza.
—No. —Volví a mirar. La mano de Lot estaba aferrada a la muñeca de Liam, que tenía los dedos sobre sus ojos—. No, no, no, maldito se…
Y ya no dijo nada más. Liam suspiró y se apartó, dejando a mi amante inconsciente sobre el sofá. Yo iba a protestar cuando los ojos severos y decididos del Maestro Ilusionista se volvieron hacia mí y me clavaron al suelo.
—¿Tienes fe, Alex?
—Sí —respondí sin dudar.
—Bien. Así me gusta. —Al instante, Liam volvió a arrodillarse delante de Lot y empezó a desnudarle. Le quitó la chaqueta y la camisa, tirándolas al suelo sin ningún cuidado. Luego le rompió el pantalón, rasgando las costuras a tirones con las manos desnudas. Su forma de actuar me sorprendió, estaba llena de urgencia  y toda esa atención por los detalles que había demostrado antes parecía haberse esfumado—. Escúchame bien: la situación es grave.
Me había acercado poco a poco, intentando que no me temblaran las manos. Cuando Liam dijo aquello, me sentí aún peor. Cuando uno escucha a alguien como él decir que la situación es grave es porque lo es.
—¿Se va a morir? —pregunté con un hilo de voz.
—No, saldrá de esta. Puedo solucionar parte del problema, pero necesito ayuda para lo demás.
—Dime qué tengo que hacer.
No me atrevía a acercarme más, aunque deseaba acuclillarme a su lado y limpiarle la cara, pero me limitaba a estar ahí de pie, inmóvil, retorciéndome las manos ensangrentadas. Me sentía enfermo. Me sentía débil. Pero sobre todo, me sentía culpable. Lo que había pasado no era responsabilidad mía, maldición, fue Lot quien se metió en medio sin avisar, sin preparar a nadie, sin pensar… fue él quien se lanzó delante de Mara. Sin embargo, yo le había empujado en cierto modo. Todos le habíamos empujado a involucrarse en la guerra, y cosas como aquellas eran las que ocurrían en las guerras: la gente resulta herida, la gente muere.
Y además, había algo más que me afectaba profundamente. Algo que tenía que ver con mi pasado.
Yo no sabía cuidar de las personas. No había sabido cuidar de Alex, que se había muerto entre mis brazos mientras yo lloraba de desesperación intentando retenerle en este mundo. Bueno, en cierto modo tuve éxito, si uno lo piensa bien. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que no supe cuidar de él y le maté por ser lo que soy. Tampoco había sabido cuidar de Lot. Había tardado demasiado en comprender su fragilidad y también lo complejo de su forma de amar y de sentir. Le había obligado a volver a unirse consigo mismo, a ser uno con la salamandra. Era eso y no otra cosa lo que le llevaba a aceptar decisiones que de otro modo nunca tomaría, como regresar a por Liam o arrojarse delante de Mara de forma visceral y totalmente absurda.
¿Y si aquello era un error? ¿Le había condenado? Al fin y al cabo, fue el propio Liam quien le ayudó a crear ese cisma dentro de sí mismo en aras de su supervivencia.
—¿Me estás escuchando, Alex?
Parpadeé y me encontré con los ojos aguamarina observándome, insistentes.
—Lo… lo siento, disculpa, yo… —me solté las manos y las dejé caer a mis costados. Además de todo eso, ahora era el ayudante más inútil del mundo. Genial.
Liam no resopló ni se desesperó. Volvió a repetírmelo todo. Agua hirviendo, tijeras, agujas de coser, frascos de cristal, una jeringuilla limpia. Una sierra. Una jodida llave inglesa. Asentí mecánicamente y me puse a buscarlo todo por la casa.
Fue una noche larga, y una mañana más larga aún. En toda mi vida, nunca me había visto en una situación como aquella, y mientras hacía de asistente para Liam y el tiempo transcurría, pesado y lento, cada vez me iban impresionando menos las cosas que veía. Liam había pasado las primeras horas limpiando la sangre y los fluidos del ilusionista. Le hizo un torniquete en la pierna con el cinturón y revisó el resto de su anatomía. Lot estaba ahí, inerte, con los ojos cerrados y totalmente inmóvil, como un maniquí. Costaba un poco doblarle las articulaciones. Me pregunté si estaba sintiendo algo, pero no me atreví a formularlo en voz alta.
Después de haber limpiado y desinfectado, Liam empezó a hacer cosas terribles. Estaba remangado hasta los codos, y aun así, se ensució de sangre y de ese extraño líquido oscuro por todas partes. Despeinado y sudoroso, apartaba pliegues de carne de su muslo, o de lo que quedaba de él, y metía pequeños instrumentos para ajustar cosas que sonaban como tuercas, o algo así. De vez en cuando, se dirigía a mí con voz dulce para encargarme que trajera más agua, por favor, o que le enjugara la frente. En ocasiones me di cuenta de que me enviaba a la cocina a por trapos o servilletas sólo para darme un respiro y que me alejara de la carnicería por un rato. Aun así, aguanté estoicamente. Durante toda la operación, mantuve un par de aguijones enganchados a Lot. Me estaba quedando seco, pero me daba igual. Notaba parpadear su energía y temía que dejara de brillar en algún momento.
—Lo estás haciendo muy bien —me decía Liam—. Eres muy valiente. Eso es.
—¿Dónde has aprendido todo esto? —me atreví a preguntar en algún momento.
El Maestro Ilusionista parecía saber exactamente lo que tenía que hacer. Su respuesta me dejó estupefacto.
—Algunas cosas, en la guerra, hace muchos años, antes de que existiera la Organización. El resto no las he aprendido… pero creo que es lo lógico ahora mismo.
—¿Estamos improvisando?
Liam tardó en responder. Luego encogió un hombro, sin dejar lo que estaba haciendo.
—Cuando sabes cómo funciona una cosa, no es tan difícil arreglarla.
—Lot no es una cosa —espeté.
—No quería decir eso —repuso él con voz conciliadora—. Dame la sierra.
Le aproximé el instrumento. Era una sierra de carpintería que había encontrado en un trastero semioculto tras la puerta de la cocina. La casa de Lot estaba llena de cosas que yo no había podido ver ni curiosear en la primera visita, pero ahora, poco a poco, había ido descubriendo algunos recovecos interesantes. Si no hubiéramos estado en medio de una operación, o algo así, habría disfrutado de lo lindo husmeando en cada rincón.
Sin embargo, todos esos pensamientos se congelaron en mi mente cuando vi a Liam empuñar el trasto e inclinarse sobre Lot.
El ruido del metal cortando el hueso me transportó de una jodida patada en el culo a la irrealidad. Porque aquello, simplemente, no podía estar pasando.
Lot despertó de golpe, sus ojos muy abiertos, el rostro lívido y aturdido. Soltó un grito desgarrador.
La sangre salpicaba por todas partes. Empecé a ver doble y me mareé.
—¡Sujétale! —me gritó Liam.
Sujétalesujétalesujétale… su grito volvió a mí, amplificado en ecos sordos. El aire se volvió espeso y algodonoso a mi alrededor. Cuando me quise dar cuenta, estaba obedeciendo.
—Por favor, no grites. Pronto pasará. Todo irá bien, Lot, tranquilo, ¡tranquilo!
Le dije esas cosas y muchas otras, pero no sirvió de nada. Su rostro desencajado y desfigurado a causa del terror estaba grabado en mis retinas. Jamás le había visto así y nunca volví a ver nada parecido. Lágrimas oscuras le corrían por el rostro. Miraba alrededor, como buscando una escapatoria, pero no tenía fuerzas ni coordinación para ir a ninguna parte. Finalmente, Liam llegó al nervio o a lo que fuera que Lot tenía en su lugar y este se desmayó. Rompí a llorar, y así me quedé, sollozando en silencio hasta que Liam, cirujano a la fuerza, hubo terminado con su labor.
—Ya está.
Eran las siete y media de la mañana. Yo tenía el rostro enterrado en el sofá y a Lot cogido de la mano. Podía sentir su pulso y su calor. Estaba vivo, aunque inconsciente. Sus dedos se aferraban a mí.
—Le has cortado la pierna… —susurré, aún incrédulo.
—No tenía solución. Había que quitársela.
—Le has mutilado…
—Le pondremos otra.
—No le has dicho nada. No le dijiste lo que ocurría, ni a mí tampoco.
—Es lo mejor para él. Sólo he hecho lo que había que hacer.
—¿Cómo puedes ser así? —Mi voz era mecánica, átona. Estaba superado por todo, no sólo por lo que acababa de suceder, sino por todo lo que estaba ocurriendo en el mundo, en mi vida—. Tomas decisiones sin contar con nadie. Manejas y manipulas a tu antojo y te guardas cualquier opinión y sentimiento para ti. Ni siquiera le diste ánimos mientras veníamos en el coche. Ni le miraste a los ojos. No le has dado las gracias siquiera después de lo que ha hecho para salvarte. ¿Cómo puedes acusar a Lot de hacer lo mismo que tú haces? —Sorbí la nariz. Estaba llorando—. Yo te admiraba. Aún te admiro… pero sois iguales. Los dos sois iguales.
Liam no respondió. Yo había esperado alguna reacción, pero en eso también eran iguales, pensaba yo. El Maestro Ilusionista se había ido para esconderse de mis palabras, de sus propios sentimientos y de su culpabilidad. O eso creía.
Pero me equivocaba.
A los pocos minutos, él regresó. Sus manos me apartaron de Lot y le solté a regañadientes. Me ayudó a sentarme en el sofá, junto a mi amante dormido. Liam estaba tranquilo y sereno, seguía arremangado pero se había lavado las manos, que aún estaban húmedas. Y había traído una cazuela con agua tibia para lavarme a mí.
Eso fue lo que hizo, mojando una toalla para limpiarme los restos de sangre y lágrimas del rostro.
—Tienes razón en parte, pero no del todo —me explicó. No parecía afectado por mis acusaciones—. Claro que le estoy agradecido. Por supuesto que soy consciente de lo que ambos habéis hecho por mí. Pero no era el momento. No todos tenemos los mismos ritmos, Alexander, no todos hacemos las cosas del mismo modo. Ahora que estamos a salvo, puedo relajarme, pero antes no podía hacerlo. Y mis emociones existen, están aquí dentro —dijo, llevándome la mano a su pecho— y son más intensas de lo que puedes imaginar. Pero cuando hay una situación de peligro, lo primero es resolverla. Los agradecimientos tienen que esperar. Las disculpas, también. Y desde luego, las emociones son lo último que debe adquirir protagonismo en esas circunstancias..
Iba a protestar, pero esta vez él no me dejó.
—Cada cual hace las cosas a su manera, Alexander. A veces, nuestra forma de proceder puede herir los sentimientos de los demás, es cierto. Pero forma parte de la manera de ser de cada cual, y comprender y perdonar eso es una muestra de amor, al igual que lo es el intentar no hacer daño a otros con nuestra manera de comportarnos. Yo he respetado siempre esos principios en mi trato con vosotros. Así que os pido que lo respetéis en mí.
Me sentí aturdido. De pronto no me creía con derecho a hacerle reproches, aunque pensaba que mis acusaciones de antes seguían siendo lógicas. Entonces pensé en la de cosas que nosotros habíamos hecho sin contar con él. En cómo le habíamos puesto en peligro, en cómo habíamos huido de él y de su protección, en cómo habíamos ignorado flagrantemente todos sus consejos.
Apreté los labios y le miré mientras terminaba de cuidarme.
—Te sentaría bien un baño —dije al cabo de un rato, tratando de mostrarme conciliador.
Liam sonrió a medias.
—Supongo que sí.
—¿Tienes… hambre, o… algo? —pregunté vagamente.
Mi ineptitud para cuidar a las personas me avergonzaba.
—No, estoy bien. No te preocupes. Sólo estoy un poco… impresentable. —Hizo una pausa, se pasó la mano por el pelo y miró alrededor, pensando quién sabe qué—. De momento no hay nada más que podamos hacer, de modo que seguiré tu consejo y tomaré un baño. Si necesitas algo, avísame.
Le aseguré que así sería y le seguí con la mirada mientras recogía las cosas con movimientos muy lentos, como si se le hubieran acabado las energías. Al fin, suspiré y me relajé, con la cabeza apoyada en el respaldo.
—Dios mío, estáis locos los dos —murmuré, acariciando los cabellos de Lot—. Totalmente locos. Pero lo has hecho bien. Has sido muy valiente.
Me incliné y le besé la frente, justo sobre el desconchón requemado. Se escuchaban unos roncos silbidos metálicos cada vez que respiraba, como si estuviera aún estropeado. Temí que la intervención de Liam no hubiera sido suficiente.
—Tú también te habrías llevado a Ariane —le dije en un susurro, recordando la película que habíamos visto aquella lejana tarde, antes de que todo se convirtiera en un caos. «No, todo era un caos ya entonces. Solo que nosotros estábamos escondidos, como si nada nos pudiera tocar»—. No habrías sido un cobarde como Joe Bradley y la princesa Anna en Vacaciones en Roma… esa tampoco es tu escala de valores. Eres muy valiente, solo que muchas veces se te olvida. Vamos a curarte —añadí, escurriendo una de las toallas para humedecerle la frente con agua fresca—. Ya verás como todo sale bien.
—No son cobardes.
Fue apenas un susurro. Con un estremecimiento de absurda felicidad, me incliné hacia él.
—¡Lot!
—No son cobardes, es que es una situación diferente… —Hablaba muy bajito, débil y adormilado. Le interrumpí con mis besos, eufórico—. En serio, deberías verla otra vez desde otra… perspectiva.
—Vale, la volveremos a ver —exclamé, cubriéndole de besos y de lágrimas. Estaba tan feliz de escucharle que todo me daba igual. Si me hubiera pedido que me vistiera como una zorra y bailara pole dance lo habría hecho—. Y me la explicarás hasta que la entienda…
Reía y lloraba al mismo tiempo, agotado y aliviado. De pronto, Lot se contrajo sobre sí mismo y palideció, cerró los ojos y empezó a respirar con dificultad.
—Dios… —murmuró—. Creo que…
Yo me había quedado quieto, asustado. Empecé a buscar alrededor. ¿Algo le estaba molestando? ¿Qué le ocurría?
—Creo que me muero… —jadeó.
Se me cayó el corazón a los pies.
—No… no, no, no. ¡Liam! —Grité. Volví la cabeza hacia el lugar donde el salón se abría en un arco y se veía la escalera—. ¡Liam! —Volví a mirarle a él—. ¡Aguanta!
Lot me agarró de la mano, respiraba de forma rápida y superficial. Mis lágrimas empezaron a gotear abundantemente sobre su frente y su cabello.
—No llores, amor mío —me dijo—. No quiero que…
Su voz se interrumpió, crispó el rostro en un gesto de dolor.
—No, por favor. Por favor…
Le acogí entre mis brazos, temblando. Todo daba vueltas. El mundo parecía desmoronarse. Pensaba que estaba preparado, pero aquello…
—Dime tu nombre… dímelo… dime que me quieres…
Le miré a los ojos, arrasado por el llanto.
—Mi nombre es Athaliah —confesé por segunda vez, en esta ocasión con un talante muy distinto al de la primera—. Maldita sea, soy Athaliah y no soy más que un jodido chupasangres, pero te quiero… Dios, no sabes cómo te quiero. No te vayas. No te vayas, por favor… por favor…
Entonces Lot cerró los ojos. Exhaló un suspiro que temí que fuera el último.
Y después, sonrió.
—En fin, flaquito, si me lo pides así…
Su voz sonaba totalmente normal. Abrió los ojos y me agarró del pelo para besarme, un beso brusco, apasionado y lleno de energía. Al principio me sorprendí, pero después le aparté con fastidio. ¿Sería posible? Estuve a punto de montar en cólera, pero el alivio de saber que no había sido más que una pantomima era más fuerte que mi indignación. Y además, ya le conocía lo suficiente. Por lo visto, finalmente me había acostumbrado a sus mierdas.
—Mira que eres cabrón —le reproché aun así, molesto.
Luego volví a besarle. Sus labios estaban calientes y sabían un poco a gasolina y a alcohol. Los abrió y metió su lengua en mi boca, rodeándome con los brazos y atrayéndome hacia sí. Sus gestos eran apasionados, auténticos. Casi eufóricos. Me contagió con ellos y cuando quise darme cuenta estábamos dándonos el lote en el sofá.
—Cuidado… —jadeó, apartándome un poco—, ten cuidado con mi pierna… me vas a aplastar…
—No la tienes —respondí rápidamente, besándole otra vez ansiosamente
Tenía una necesidad física de él. Cuando estaba entre sus brazos, todo se hacía real: yo era yo, era Athaliah y era Alex, y era más fuerte que nunca. Quería seguir besándole, apartar las sábanas con las que Liam le había dejado protegido, subirme sobre él y hacerle el amor como si no hubiera un mañana. Porque en realidad, nunca sabíamos si habría un mañana o no.
Pero Lot volvió a apartarme al poco, mirándome con expresión cautelosa.
—¿Qué has dicho?
—¿Qué he dicho de qué?
—¿Qué es lo que no tengo?
Me mordí el labio. Suspiré profundamente y me senté en el sofá con cara de circunstancias. Bueno, tendría que explicárselo antes o después. Podría esperar a que Liam regresara… aunque al parecer se había dormido en la bañera, porque no había oído mis gritos.
—Alex, dime qué coño pasa.
—Verás, es sobre tu pierna izquierda… Mara te la destrozó. Así que tuvimos que amputarla.
Abrió los ojos desmesuradamente. Luego frunció el ceño. Levantó la ceja.
—¿Qué?
—Liam dijo que era lo único que podíamos hacer… yo no quería… bueno, no lo sabía. Él simplemente lo hizo, y cuando me quise dar cuenta ya estaba con la sierra y…
Suspiró profundamente y se llevó una mano al rostro. Pensé que estaba desolado o furioso, pero pronto le vi agitar los hombros. Se estaba riendo. Se estaba partiendo de risa, en realidad. Volvió a apartar la mano y a mirarme, luego bajó la mirada hacia la sábana.
—Claro… por eso sólo me asoma un pie.
Movió los dedos del pie derecho y volvió a soltar una larga carcajada, echándose hacia atrás en el sofá.
Yo no sabía muy bien qué hacer.
—Liam dijo que… que te pondríamos otra. ¿Eso es posible?
—Y yo qué coño sé —repuso él, dejando de reírse poco a poco. Su sonrisa dio paso a un rictus de desdén, de frío enfado. Esto ya era más normal en él—. Soy ilusionista, no soy un puto médico.
«Qué casualidad, lo mismo que le pregunté en la plaza. Y lo mismo que le pregunté a Liam, ¿no? Maldita sea. ¿Y si se queda cojo?», pensé.
—Lo arreglaremos…
—¿Que lo arreglaremos? —Levantó la sábana y se miró el muñón, luego me enfrentó, furioso—. Joder, ¿por qué me la habéis quitado? ¿En qué coño estabais pensando? Ahora soy un lisiado. ¿He sobrevivido a un Verdugo para quedarme defectuoso el resto de mis escasos días?
—La llevabas colgando, tío —me defendí yo—. Estaba destrozada. No podías tener eso así… además, Liam sabe hacer salamandras con corazones, ¿no? Algo podrá hacer, seguro. Encontraremos repuestos o… o algo.
—Repuestos. —Me miró con desprecio absoluto. Yo no me sentía molesto. Lot volvía a ser él mismo, y eso me agradaba. Al fin y al cabo me había enamorado de Lot siendo él un cretino insoportable. Era la persona a la que amaba, con toda su jodida imperfección y todos esos defectos que tanto asco me daban. No negaré que deseaba que mejorase un poco, claro. Pero le quería tal como era. Era un capullo, pero se merecía ser amado—. ¿Repuestos? —Siguió gritando, desahogando su frustración—. ¡Era MI pierna, maldita sea!
—Joder, no te lo tomes así. Piensa en lo que pasó. Quiero decir… la has perdido por un acto heroico. ¿Es que no vale la pena?
Sí, lo sé. Minutos antes, yo odiaba a Lot por haberse hecho el héroe y haberse puesto en peligro de esa manera. Pero ahora, cuando todo parecía haber salido bien, más o menos… pues ¿qué queréis que os diga? Estaba orgulloso de él. Y si pensáis que soy contradictorio, decidme que vosotros no os habéis contradicho en vuestras vidas. Pues eso. Si los seres humanos fuerais coherentes, el mundo no se habría ido a la mierda.
—Recapacita, anda —insistía yo—. ¿No crees que es un precio bajo por lo que has hecho?
—Sí, vale, he sido el héroe del día. Pero no me gusta dejar de tener mi pierna. Lleva conmigo toda la vida, le tengo cariño. Tengo derecho a cabrearme cinco minutos por perderla, ¿no? ¿O qué pasa?
—Bien, como quieras.
Me crucé de brazos y le dejé disfrutar tranquilamente de su enfado. Refunfuñó un rato y al poco empezó a mirar bajo la sábana, examinando el trabajo de su maestro.
—¿Qué habéis hecho con ella? No la habréis tirado…
—No —mentí. En realidad no tenía ni idea. Durante ese rato, solo había estado pendiente de Lot y de no desmayarme—. Está guardada.
—Bien, porque quiero enterrarla. —Le miré, incrédulo. A lo mejor el muy cretino había perdido la cabeza del todo con aquello. Pero no. Estaba bromeando, a su manera—. Le daremos sepultura bajo una lápida en la que ponga: «Aquí yace la pierna izquierda de Elliot Salamander. La derecha y el resto de su cuerpo no la olvidan».
—Sí, claro. Y contrataremos a unos tipos para que disparen salvas al aire.
—Y un coro que cante el Auld Lang Syne.
Sonreí a medias y volví a dejarme caer hacia atrás a su lado, apoyándome en el respaldo del sofá. Él se había erguido a medias y se estaba peinando con los dedos. Agradecí que no pidiera un espejo. Aún tenía el desconchón y se le iba un poco un ojo.
—Si quieres podemos ponerte la pierna de Ariel. ¿Cuánto medía?
—No, de Ariel no. Sus piernas son horribles y enclenques.
—¿Cómo lo sabes?
Él se encogió de hombros y yo preferí no preguntar.
—Mejor una de las piernas de Solomon, entonces.
Miré el reloj. Eran casi las ocho y arriba se oían de nuevo los grifos de la ducha. Al parecer, Liam seguía vivo y despierto. Supuse que no tardaría en bajar. Tras preguntarle a Lot si necesitaba algo y recibiendo sólo respuestas absurdas —una mamada, una pata de palo, un corcel de batalla—, me limité a prepararle un Martini del mueble bar y pensar en dos cosas dispares: por un lado, cómo narices mantenía Lot una casa tan lujosa y con todas las comodidades en este lado de la realidad y por otro, si realmente podríamos arreglarle la pierna.
—¿No hay mecánicos en la Organización? Para arreglar a gente como nosotros, quiero decir.
Lot estaba agitando el Martini. Asintió a medias.
—Están los Corruptores, pero dudo que vengan hasta aquí a atenderme. He perdido el derecho a la Seguridad Social, flaquito. De todos modos, normalmente los ilusionistas no perdemos trozos. No somos unidades de combate.
—Pero alguna vez habrá pasado, ¿no? —insistí yo.
—Creo que a las unidades defectuosas las envían al reciclaje.
Hice una mueca. Joder con el reciclaje.
—En algún sitio tendrán… repuestos, o algo. Bueno, ya pensaremos en algo.
—¿Me falta algo más? —preguntó él, súbitamente preocupado.
Yo le miré de reojo y negué con la cabeza.
—No, estás bien, creo. Voy a avisar a Liam de que ya estás despierto —añadí rápidamente, poniéndome en pie. No estaba seguro de haberle dicho la verdad, y quería que el Maestro Ilusionista estuviera cerca para dar las explicaciones. Ya estaba harto de comerme yo todos los marrones—. Estaba muy preocupado, y creo que no he sido muy justo con él antes.
El ilusionista asintió, mientras su mirada se volvía algo pensativa. Me escrutó con curiosidad.
—¿Has discutido con Liam?
—No —dije, con una media sonrisa—. Qué va. Sólo… —negué con la cabeza— es igual. —Me levanté y me dirigí a toda prisa hacia la escalera, dando voces—: ¡Liam! ¡Lot está despierto y gruñendo!
. . .

Escena 28, toma 3
Cuando Liam bajó al fin, recién duchado y despejado, deslumbrante como todo un caballero, yo fui a la cocina y preparé algunas cosas en una bandeja. Lot tenía queso de marca, aceitunas, conservas y caviar iraní. Todos esos productos debían salir de alguna parte, y algo me decía que Nun no era la única que robaba a sus jefes. Seguramente Lot había saqueado todo eso de los refugios de los jefazos de la Organización. ¿De dónde coño sacaban esas cosas? Observé la lata de caviar mientras preparaba unos platos con comida para los tres. Para tener caviar hacía falta un pez gigante, ¿no? El puñetero pez ese que ponía los huevos que luego se cogían y se metían en el bote. ¿Dónde podrían esconder un pez los jefazos de la Organización?
Cuando me dirigía hacia el salón, vi que Liam estaba de cuclillas junto a Lot, que había vuelto a tumbarse. Me pregunté si había empeorado. La escena me parecía íntima, así que esperé un poco, medio escondido detrás del arco de acceso a la sala de estar. Desde allí, vi a Liam agarrarle la mano, tocarle la cara y hablarle en voz baja, con apasionada vehemencia, mientras le miraba con preocupación. Lot respondió también entre susurros. De pronto, Liam le soltó y se levantó, indignado. Intercambiaron un par de palabras ásperas y el Maestro Ilusionista se dio media vuelta, enfadadísimo. Casi se chocó conmigo en la puerta. Nos miramos, confusos. A su espalda, Lot gritó:
—¡Pero no te pongas así! ¡Solo era una broma!
Alcé la ceja.
—Se ha fingido moribundo —resumió Liam, con total aplomo y gesto de dignidad ofendida.
—Ah, ya. A mí también me lo ha hecho —le confesé con una sonrisa comprensiva.
—Voy a prepararme un whisky, si me permites. Lo necesito.
—Claro, tranqui.
Dejé a Liam en la cocina, bebiendo a solas para digerir la bromita de los cojones. A él le había sentado bastante peor que a mí. Entré al salón y me senté en el suelo, dejando la bandeja en la mesita de café.
—Mira que eres cabrón, Lot.
Sin darme cuenta, me puse a comer sin esperar a nadie más. Estaba hambriento, aunque la comida no me saciaría. Lot cogió una patata frita.
—Él no tiene sentido del humor.
—Es que eso que haces no tiene ni puta gracia —dije con tranquilidad. En esos momentos me costaba guardarle rencor.
—Bueno, ¿y vosotros qué? Tengo que estar moribundo para que me abráis vuestro corazón. Eso no es justo.
—Pero qué jeta tienes. Eso es una trampa y está muy feo. No se le hace a la gente a la que se quiere. —Lot hizo una mueca, como imitando mi forma de hablar con cierta burla—. Y no te rías.
—Qué pesados sois.
Se reacomodó en el sofá y siguió bebiendo Martini mientras yo comía. De vez en cuando, intercambiábamos una mirada de complicidad. Él sonreía con malicia y me hacía sonreír también a mí. Hacía mucho tiempo que no le veía tan enérgico, tan… brillante. Había perdido una pierna, pero en cierto modo, acababa de nacer.
—Pareces sentirte muy bien.
—Estoy mejor que nunca, a pesar de todo —confesó, cogiendo otra patata—. Dime la verdad, ¿te he asustado mucho con lo del espejo?
Me encogí de hombros.
—Un poco. Pero sé por qué lo hiciste. Aunque odio que hagáis esas movidas sin avisar… pero lo entiendo, yo habría hecho lo mismo por ti. Y estoy seguro de que Liam también, si hubiera sido al revés.
Lot frunció un poco el ceño, como si le hubiera molestado mi mención a su maestro.
—Sí, seguro. Solo que cuando él hace estas cosas siempre regresa impoluto, sacudiéndose la melena y diciendo algo heroico. Yo me arrastro como un perro y se me cae una pierna.
Me reí entre dientes, metiéndome otra rebanada de pan tostado con caviar entre pecho y espalda.
—No creo que a él le hubiera ido mucho mejor, si te sirve de consuelo.
—Me sirve. —Dejó el Martini en la mesa y se encendió un cigarrito tras buscar intensamente en su chaqueta durante unos minutos—. Oye, ¿quieres hacerme un favor? —Le miré, interrogante—. Sube arriba, llena mi estupendo jacuzzi y métete ahí hasta que hayas hervido toda la mierda que llevas encima. Luego coge una camisa de mi armario y vístete en condiciones. Eres demasiado mono para ir por ahí tan sucio, joder.
Obedecí sin rechistar, pero antes de irme le di unos cuantos morreos, solo para que se acordara de mí durante mi ausencia.
Estuve en remojo más de media hora, pensando en todo lo ocurrido y en el futuro que se nos presentaba a partir de ese momento. Nos habíamos metido de lleno en el conflicto, ya no había más billetes de vuelta, más huidas ni caminos de regreso. Ahora teníamos que seguir hasta el final. No sabía si Lot estaba preparado, tampoco sabía si yo lo estaba, pero de alguna manera, estaba convencido de que era lo correcto. «Tantas vueltas escapando de la realidad… y al final no queda más remedio que enfrentarla», me dije. Sí, durante mucho tiempo había intentado evadirme de una realidad que odiaba. Ya fuera fingiendo tener una vida normal con Alex, o después, con la amnesia… Incluso tras conocer a Lot nos refugiábamos en el piso de Alex y nos escudábamos con mentiras y con cintas de vídeo para no tener que mirarnos a los ojos, para no tener que enfrentar cara a cara la realidad. Ahora ya no nos quedaban máscaras… pero no era tan malo como parecía. Ahora al menos, podíamos hacer algo al respecto. Y eso era un alivio.
Además, no estábamos solos. Liam nos guiaría. A su lado, estaba seguro de que podríamos hacer grandes cosas. Si Lot solucionaba sus problemas con él —y estaba seguro de que los solucionarían, ya me encargaría yo— alcanzaría todo su potencial. Podíamos dar un vuelco a la situación, quién sabe… o al menos, tomar parte. Nuestra parte, por pequeña que fuera… pero nuestra.
«Sí, eso haremos. Primero le pondremos una pierna nueva a Lot y después nos posicionaremos junto a Liam y le ayudaremos con sus planes. Seguro que podemos aportar algo».
Con esta idea en mente, salí de la bañera, ya aseado y limpio, y me sequé con una de las mullidas toallas que Lot tenía en su lujoso cuarto de baño. Me miré al espejo: seguía teniendo ojeras, pero lucía mucho mejor aspecto. Me impresionó percibir cierto cambio en mi fisonomía… o mejor dicho, en la de Alex. En el fondo de los ojos seguía el resplandor violáceo, pero además de eso, en la expresión de mi mirada había algo que reconocí enseguida como propio. Era mi insolencia. Me sonreí, algo vanidoso, y también en la sonrisa me encontré a mí mismo. No quería perder a Alex, no quería dejar de ser él… y nunca lo haría. Pero Athaliah estaba encontrando poco a poco su lugar en este nuevo ser completo.
Cuando entré a la habitación de Lot para buscar algo de ropa, me sentí un poco como un intruso. Me vestí con un pantalón gris de kashmir que nunca le había visto puesto a Lot y una camisa de cuello cerrado. Tenían pinta de ser las clásicas prendas que se usan para hacer yoga o tai chi, aunque no creía que Lot practicara ninguna de esas movidas. Mientras me ataba los botones pensaba en Alex, en mí mismo y también en Elliot y Liam. Decidí darles un poco de tiempo a solas. Tendrían cosas de las que hablar. En realidad, debían aclarar muchos asuntos y mi presencia —ahora lo comprendía— les servía muy bien de excusa a ambos para no enfrentarse a sus propios problemas, así que me entretuve un rato regresando al cuarto de baño. Estaba todo muy bien organizado. Había dos lavabos y dos pastillas de jabón, dos cepillos de dientes, dos clases de lociones de afeitado y dos peines distintos, lo cual llamó mi atención. Mientras hacía tiempo me hice la manicura, me afeité y me puse cremas de la increíble colección de cosméticos que había dentro de un armarito. Luego me probé colonias y me pinté los ojos. Por último, me limpié el rímel y bajé al salón con cautela.
Desde el arco de entrada les podía ver. Estaban sentados uno frente al otro y el Maestro Ilusionista mojaba un pincel en un estuche, aplicándoselo después a Lot en la frente. Él estaba inmóvil y con cara de fastidio, sujetándose el pelo hacia atrás. Ambos parecían relajados. La escena era tan cotidiana que estuve a punto de echarme a reír.
—No te muevas —decía Liam con su tono de voz característico, tan sosegado y apacible—. Ya casi está.
—No me estoy moviendo.
—Acabas de hacerlo. —Lot resopló, pero el otro siguió con lo suyo sin inmutarse—. Cuando hablas, mueves los músculos faciales.
—Pues como todo el mundo.
—Exacto. Así que procura no hacerlo.
—¿Entonces qué es lo que quieres? ¿Que no me mueva o que no hable? 
—Ninguna de las dos cosas.
Me di la vuelta y me senté en el suelo, procurando no hacer ruido. Ellos se comportaban el uno con el otro de una forma en la que yo nunca me había comportado con Alex. Su relación era muy distinta a la nuestra. Nosotros éramos dulces, afectuosos… sobre todo él. Nos hablábamos con cercanía y claridad. Entre Lot y Liam, en cambio, las cosas eran mucho más complicadas. Todo parecía estar en clave, e imponían una distancia de seguridad que me hacía pensar en todo el daño que sin duda se habían infligido el uno al otro.
—No debiste hacerlo —dijo Liam, aprovechando el ya largo silencio de Lot.
—Estabas delante de un verdugo armado y no tenías mucho aspecto de ir a dispararle. ¿Qué debería haber hecho, según tú?
—No era un verdugo cualquiera. Era Mara.
Al menos no se estaban gritando. Estaban hablándose en un buen tono, tranquilo y sin veneno. Suspiré y ladeé la cabeza contra la pared. Recordé lo que había dicho Liam sobre el tiempo y los ritmos, y pensé en el tiempo que hacía que se conocían. Me pregunté cómo sería para mí el tiempo si tuviera doscientos años, pero no saqué ninguna conclusión interesante.
—No la culpo por odiarme. Siento que haya acabado así —confesó Lot. Luego, tras una pausa, añadió—: Mara ha muerto, Liam. —Hubo un largo silencio. Supuse que el Maestro Ilusionista estaba digiriendo la noticia—. Yo no la ataqué, pero al final la encontró un Guardián.
—Lo imaginaba. Era difícil de evitar, me temo. Habría ocurrido tarde o temprano.
No percibí afectación alguna en la voz de Liam. Pero ahora sabía que eso no quería decir nada.
—Y sin embargo, tú ibas a tratar de convencerla. Incluso hoy. ¿Por qué? —Una nueva pausa y después una pregunta casi exasperada—: ¿Es que nunca te rindes?
Hubo otro silencio en el que me imaginé perfectamente a Liam, pensativo, reflexionando profundamente acerca de ello. Y al final, contestó:
—No.
Me asomé con cautela. El Maestro estaba cerrando el estuche y dejaba el pincel dentro de un vaso con agua. Le dio a Lot un espejo de mano; este lo cogió y se miró detenidamente.
—Debo irme ya, Elliot.
Mi amante dejó de mirarse y volvió el rostro hacia Liam, indignado.
—¿Irte? ¿Adónde? —El otro intentó responder, pero él no le dejó—. No puedes venir aquí, cortarme la pierna y luego largarte, coño. ¿Dónde están tus modales? Eso no es nada caballeroso. Además, necesito que alguien me atienda, soy un lisiado convaleciente. ¿Quién me va a hacer los cócteles? Alex todavía está aprendiendo, sus Bloody Marys saben como si alguien hubiera metido el pie de un atleta dentro de un cubo de agua de fregar.
—Elliot…
Liam trataba de defenderse, pero Lot estaba poniéndose cada vez más nervioso. Se inclinaba hacia él, increpándole con cierto dramatismo.
—No puedes dejarme así, después de lo que he hecho por ti. Te he salvado tu cochina vida. ¿Es que hay que entregarte un informe por escrito para que te enteres de las cosas? Nos estábamos largando y dimos la vuelta, ¿entiendes? Dimos la vuelta por ti, egoísta de los cojones. ¿Y ahora dices que te vas?
—Elliot…
Liam trató de sujetarle por los brazos para calmarle, pero él se deshizo de sus manos con un gesto y le empujó, señalándole con un dedo acusador.
—No. No vas a abandonarme otra vez. Si me abandonas otra vez, te juro que será la última.
Tuve que taparme la boca con una mano a causa de la sorpresa. Liam también se había quedado petrificado, con los labios entreabiertos y el gesto estupefacto. El tic-tac del reloj de pared marcaba el transcurrir del tiempo en medio de un silencio tenso, hasta que, finalmente, el Maestro Ilusionista reaccionó, negando con la cabeza y pasándose una mano por el pelo.
—Escúchame, por favor, y no te precipites en tus conclusiones. Sólo voy a recoger un par de cosas y a reunirme con un contacto. Necesitamos información —explicó con tono suave y conciliador—. Y tú necesitas una pierna nueva y algo más de nefesch. Alexander también, o no resistirá veinticuatro horas más.
Aquello me sobresaltó. ¿Tanto tiempo había pasado? Yo me sentía bien, algo mareado y débil, pero el hambre constante que siempre me azuzaba parecía haberse mitigado, como si todo lo sucedido hubiera conseguido hacer que me olvidara hasta de mi propia naturaleza.
—Bien. De acuerdo —aceptó Lot, ya más calmado.
—Cuando regrese, solucionaremos tu problema y… si lo deseas, hablaremos sobre todo cuanto haya que hablar.
—¿Sobre qué hay que hablar?
El Maestro Ilusionista dudó un instante, luego se puso en pie y se estiró el chaleco. Hasta en mangas de camisa tenía un aspecto impoluto. Me di cuenta de que se había cambiado de traje, y él era algo más alto y corpulento que Lot, de modo que aún debía haber ropa suya en esta casa. Recordé los dos cepillos de dientes y las distintas lociones de afeitar. También recordé que el Maestro Ilusionista había abierto la puerta con su propia llave. Levanté las cejas, atando cabos.
—Bueno, supongo que de algo habrá que hablar si habéis regresado por mí —comentó Liam, carraspeando con incomodidad—. Deberíais aclararme si habéis cambiado de opinión y qué pensáis hacer en lo sucesivo. —Hubo una pausa algo tensa. Después, añadió con voz severa—: Y considero, en especial después de este diálogo, que también deberíamos resolver tú y yo ciertos asuntos que aún hay entre nosotros.
—«Ciertos asuntos». Ya —soltó Lot, cargado de ironía—. Bien, de acuerdo.
—Bien. Nos vemos en unas horas, entonces.
—Que así sea, caballero.
El tono de Lot era burlón, pero Liam hablaba totalmente en serio. Se dio la vuelta y salió. Escuché el picaporte al girar y el ruido del cerrojo al abrirse. Luego, el sonido de la puerta al encajar y cerrarse por completo. A continuación, el motor del coche ronroneó con suavidad y se alejó por las calles empedradas.
—Ya puedes salir —dijo Lot. Me mordí el labio con culpabilidad y abandoné mi escondite, yendo hacia él con el rostro compungido. Como espía no tenía precio. Él estaba comiendo patatas fritas tranquilamente, no parecía enfadado por mi acto de espionaje, pero sí algo molesto, supuse que con Liam. Sus siguientes palabras lo confirmaron—: ¿Qué te parece? Me dejó con una nota, diciendo que yo era un superficial y un egoísta, y va y me suelta que a lo mejor, «a lo mejor» —remarcó— tenemos que resolver ciertos asuntos. Tiene cojones.
Sonreí a medias.
—Yo también creo que deberíais resolverlos. Pero definitivamente.
Me miró de soslayo con rencor.
—Traidor, no te pongas de su parte.
—No me pongo de su parte, pero no podéis seguir así eternamente. —Esta vez fui yo quien no le dejó defenderse—. Mira, no soy una persona celosa y nuestra relación nunca ha sido normal en ese aspecto. Yo tengo a Alex, y siempre le amaré de un modo en que no puedo amarte a ti. —Sabía que eso le jodía a Lot sobremanera, pero era la verdad y nos habíamos comprometido a no tener más mentiras entre nosotros—. Tú tienes a Liam y sé que te ocurre lo mismo.
—No es lo mismo —protestó él con gesto avinagrado.
—Y una mierda que no. —Ahora lo veía con tanta claridad que hasta se me escapó una risa, para mayor indignación de mi mutilado amante—. Solo hay un cuerpo de diferencia. Pero tú sigues teniendo a ese hombre clavado hasta el tuétano, y desde luego, él te lleva a ti en su corazón, de eso estoy seguro.
—¿Y por qué lo estás? —me espetó con todo su desdén—. ¿Es que no te has enterado? Se largó. Me dejó con una cochina nota. ¿Eso no quiere decir nada para ti? Se preocupa, de acuerdo, y nunca ha dejado de sentir afecto por mí, es evidente. Pero rompimos, él rompió, y no hay nada que cambie eso.
Me encogí de hombros.
—Piensa lo que quieras. Pero se te ha escapado un detalle.
—¿Qué detalle?
—Que no te devolvió las llaves. —Levantó una ceja y me miró como si yo fuera estúpido. Le respondí con una sonrisa de suficiencia—. Es la persona más atenta a los detalles que he conocido jamás. ¿Crees que se olvidaría de dejar las llaves al marcharse? Porque yo lo dudo.
—Dime de una vez adónde quieres llegar.
—Se las llevó adrede. —Lot frunció el ceño y me miró con suspicacia—. No te devolvió las llaves porque quería estar seguro de que podría volver, Lot. Nunca se fue, en realidad. No para siempre. ¿Por qué iba a hacerlo, después de todo? Él nunca se rinde.
Lot parpadeó varias veces, como si aquella revelación le hubiera cogido por sorpresa. Luego paladeó un sorbo de Martini, apartando la mirada y fijándola en la chimenea, al otro lado del salón. Yo suspiré y apoyé la cabeza en su hombro, enlazando mis dedos con los suyos. Dejó la copa y me rodeó con el otro brazo, atrayéndome hacia sí con un gesto tan tierno que me sentí algo turbado.
—Eso no cambia nada entre tú y yo —me dijo a media voz—. Pase lo que pase, tú eres parte de mi vida ahora. Te quiero, quiero estar contigo… y voy a estar contigo.
—Lo sé —respondí.
Y ambos decíamos la verdad.
©Hendelie y Neith


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